Dispositivo sebacortiano (Tomada con Instagram)
Tomada con Instagram
Era una mosca coqueta. Cierto, nada más que una mosca, pero eso no importaba por ahora. Le hacían falta sólo treinta y cuatro reencarnaciones para volver a ser humano, según recordaba.
Abel Sanabria era una insignificante mosca en esta vida, pero aún tenía presente la otra. La de retador del peligro. Y bueno, también tenía presente su muerte.
- “Señoras y Señores el intrépido Abel “la Luciérnaga” Sanabria presentará su acto más nuevo y pavoroso: Saltar a gran altura y velocidad un grupo de 12 autos entrando por este diminuto aro de fuego con su motocicleta.”
Y lo habría logrado si esos cables de alta tensión no hubieran estado tan abajo. En fin, ahora retaba al peligro de nuevo en el metro. Para pegarse a la ventana cerca de la pelirroja de lentes que había entrado en el vagón central. La siguió como una mosca hipnotizada por las calles de Polanco, como si ella estuviera hecha de esa luz azul eléctrica que achicharra moscas bobas en las carnicerías. Ni siquiera le detuvo la tentación de pararse sobre un elote con crema cerca del metro.
Había estado enamorado de la pelirroja toda su vida. No recordaba cómo era no amarla. Y aunque hay que decir que las moscas viven nomás un día, el amor como todas las cosas es relativo. El tiempo acaba por hacerle los mandados a nuestros corazones, siempre.
Él bajó las escaleras eléctricas parado en el hombro de ella. Le miraba los ojos verdes. Aunque ella no había notado todavía su presencia, él estaba maravillado viéndola bostezar, así como bosteza uno al ir cayendo la noche. Se enfureció al ver como la miraba un trajeadito con flores que esperaba a su novia ahí, al final de la escalera. Un idiota con flores baratas en las manos. Las moscas son seres muy celosos.
Ella entró al vagón del centro y como no había asientos se fue parada.
Abel “Luciérnaga” Sanabria recordó sus peligrosas rutinas e intentando impresionarla, se pegó al vidrio con todo el poder de sus seis patas.
El acto comenzó: Un tren acelerando, seis patas firmes, dos alas apretadas, la convicción que nos da el miedo. Abel aún se animó a echar una marometa en el vidrio. Lástima que ella no alcanzó a verlo, aún no existía la mosca en su vida. Pero de repente, sus dos ojos verdes y su cara de pregunta le miraron por fin. Él le guiñó uno de sus 80 ojos, el más bonito, o más bien el menos feo. Ella miraba incrédula.
Ahí fue que vino mucha oscuridad de túnel. Se dijo a sí mismo “Soy una luciérnaga, no una mosca, soy la Luciérnaga Sanabria. Yo brillo”.
Tanta oscuridad le recordó los instantes después de morir, y luego tanta luz así como en los instantes después de nacer. Sin importarle cuánto le temblaran las patas siguió aferrado al vidrio mirando cómo le miraban.
La mano de ella se alzó acercando su dedo al vidrio. Entonces la Luciérnaga-Mosca Sanabria vio casi recompensado el amor de toda una vida. Casi, porque de no ser por el cristal lo habría tocado la pelirroja. Casi, porque ese toc, toc hizo que se desprendiera del vidrio, saliendo disparado a una velocidad como para saltar 12 autos y entrar por un anillo de fuego, casi; porque ese anillo resultó ser la boca abierta de una señora gorda en la estación de Tacuba. Fue ahí que Abel “la Luciérnaga” Sanabria, encontró por segunda ocasión la muerte. La señora gorda está bien, con un poco de asco nada más, pero bueno, eso es otro cuento.
A la mañana siguiente la pelirroja ya había olvidado por completo a la mosca más intrépida del mundo. Salió del metro para caminar a su trabajo. Tuvo tiempo de sentarse en una banca para atar sus agujetas. De pronto mientras bostezaba (como bosteza uno cuando no fue suficiente la noche), sus curiosos ojos verdes se posaron en un caracol todo baboso que se movía a gran velocidad… bueno ya, se movía a la mayor velocidad posible para un caracol. Acercándose a su pierna. Ella notó cómo sus ojos la miraban fijo, así sin parpadear siquiera.
A lo mejor, si ella hubiera tenido veinte minutos más para esperar a que Abel la luciérnaga-mosca-caracol Sanabria llegara a su pierna, lo habría identificado. A lo mejor no, pero tampoco era tan importante saberlo. Nomás le faltaban treinta y tres reencarnaciones para volver a ser humano, para esperarla con su trajecito ahí donde terminan las escaleras eléctricas en Metro Polanco. Esperarla con flores, todo idiota. Dispuesto a retar de vuelta al peligro nomás para impresionarla.
Quién sabe por qué pasa así al tocar viejos objetos. Mientras la sacudo para quitarle un poco de tierra, me quedo mirando mi sombra en el suelo.
¿Qué diría mi papá de mí si me viera ahorita? ¿Me acuerdo o mejor no me acuerdo?
Me acuerdo pues. Había un viejo que quería matar al Sol. Vivía en la casa de al lado y se levantaba todas las mañanas con su escopeta cargada y sus lentes oscuros como de judicial. Tiraba apuntando desde la ventana.
BLAM BLAM BLAM
“Un día vas a caer cabrón.”
Los primeros años en esa casa a la que nos mudamos fueron bien raros.
Al lado vivía el viejo y papá se asustaba de verlo totalmente ido en su afán por matar al Sol.
La razón por la que nos cambiamos ahí tuvo que ver con un gran vendedor de bienes raíces. Hay cosas que nunca te dicen:
“Señor Soto, esta fabulosa casa es una verdadera ganga y cuenta además con un peculiar vecino que tiene la firme intención de matar al Sol. Por lo tanto, le dispara todas las mañanas con su poderosa carabina. ¿Firmamos?”
La honestidad no vende casas.
Como ya no había de otra, acabamos por acostumbrarnos poco a poco a los tiros matutinos.
Mi mamá tuvo a bien pedirle al viejo que los domingos comenzara su cacería un poco más tarde, ya que queríamos dormir. El viejo, con esos lentes oscuros que nunca se quitaba le dijo sonriendo:
“Por supuesto señora. Debe saber que lamento los inconvenientes que esto le ocasiona. Pero ya verá lo bien que vamos a estar sin el molesto Sol.”
Ella sólo dijo “este sí, le agradezco” o algo así y se fue rápidamente.
Y a partir de entonces, los disparos dominicales ocurrían a horas en que ya estábamos de picnic o visitando a la abuela.
Mi papá nos había ordenado que no habláramos con él. Ya de grande entiendo más o menos por qué le preocupaba el vecino del rifle. A mí en ese entonces me preocupaban mucho los comunistas. Aunque nunca supe bien qué era lo que hacían, todo mundo decía que eran gente mala.
A pesar de la prohibición de mi papá, un día subí al árbol del jardín que estaba atrás de mi casa y desde ahí vi al viejo. Sentado en su patio trasero limpiando la escopeta. Se detuvo un segundo sin voltear. Me miró por el rabillo del ojo, por el hueco que le dejaban los lentes de oscuros de judicial y dijo:
“Tu familia no se da cuenta, pero el Sol ha pasado toda la vida diciéndonos cuándo hay que dormir, cuándo hay que despertar. La gente se preocupa por los mentados comunistas, pero el Sol es el tirano más grande de todos los tiempos. ¿Qué no ven las noticias? Nos mata de calor en mayo. El desdichado no nos considera ni siquiera dignos de mirarlo, al menos no por mucho tiempo. ¿Has intentado verlo? ¿verdad que te ciega? Te cala la mirada, eso sin contar que en la playa nos hace arder la piel.
Merece morirse, y yo lo voy a matar.”
Después él entró de nuevo a su casa. Yo recuerdo que al bajar del árbol algo en mí quiso que de verdad lo matara. Era yo un niño fácil de manipular. O ha de haber sido el calor tan feo de mayo en esa casa. El Sol calentando a cuarenta grados mi barrio. La cosa es que a partir de ahí, cuando en la mañana oía los primeros tiros pegaba el oído a la pared para escuchar los acontecimientos: “Que le dé, que le dé.”
BLAM BLAM
“Un día vas a caer cabrón, no te muevas. Muéreteeeeeeee… a la otra sí te doy, de verdad que te doy desgraciado.”
Al paso de los meses ya acostumbrados a eso, en casa le fueron poniendo mucha menos atención al viejo y una poca menos de atención a los tiros. Todos, menos yo.
“¿Maestro se puede matar al Sol?”
“No, no se puede.”
“¿Está seguro?”
“Seguro.”
“¿Y si uno tuviera un muy buen rife y fuera una mañana muy pero muy despejada, y fuera lo suficientemente temprano para venadear al Sol agarrándolo distraído y…”
“Soto, Salga de mi clase.”
Los demás niños reían ya para ese entonces, y yo no entendía nada.
Para cuando me salió mi primer barro no quise ser más un niño fácil de manipular y dejé de creer que el viejo pudiera tumbar al Sol de un tiro. También dejé de creer en las tiranías, en los rusos y en muchas otras cosas. La verdad en ese entonces la Perestroika me hizo sentir mucho más tranquilo, quién sabe por qué. Pero bueno, a lo mejor hasta hubiera sido feliz de no ser por ese primer barro.
“No te lo exprimas.”
“¿Por qué no mamá?
BLAM BLAM BLAM
“¡Un día vas a caer cabrón!”
Para cuando empezaron a vender Clearasil, el viejo ya no hablaba mucho con nadie. Un día faltó a la cita y no disparó esa mañana, la semana siguiente faltó dos veces.
Es chistoso cómo cambian los viejos. La fuerza se les va de repente. Una mañana nomás se levantan con ganas de sentarse en una banquita a ver los días irse y ya no hablan.
“Buenas tardes Señor.”
“Yo creo que no te oyó Má”
“Sí, creo que eso fue.”
Para cuando comencé a aplicarme Clearasil con regularidad en los barros, el viejo disparaba esporádicamente. Un día sí, ocho no. Por eso en casa ni nos dimos cuenta de cuándo fue que de plano dejó de disparar.
Al salirme temprano lo veía sentado en la banquita afuera de su casa. Al volver por la tarde seguía ahí, mirando realmente hacia ningún lado. Sin contestar saludo.
“Buenos días” “Buenas tardes” “Buenos días” “Buenas tardes” “Buenos días”
El día que me di cuenta que el Clearasil no servía de un carajo el Sol se cayó.
Estaba aplicándolo en mi frente sobre un barro que dolía mucho. La luz se empezó a ir poco a poco y de repente se hizo de noche.
El corazón me latió fuerte de pensar que el viejo por fin le había atinado, corrí a tocar en su puerta. Nada.
Cuando volví a casa, mi papá estaba leyendo el periódico y fumando, con la luz de la lámpara en la sala. Decía que era el eclipse, que los científicos sabían de esas cosas y que yo debería estar más enterado, porque a mi edad él ya leía el periódico. Y que todo por mis comics del Hombre Araña, y ni se me ocurriera mirar al cielo porque me iba a quedar ciego.
El eclipse duró media hora. En la radio decían que el siguiente sería en sesenta y tantos años. Porque un eclipse inicia a partir de que otro termina. Para entonces yo iba a tener setenta y tantos.
“Ojalá a esa edad ya no tenga este barro en la frente.”
Al paso de los días el barro cedió para darle lugar a una espinilla.
“Mira el Oxxi es mejor, pero es más caro porque o sea, oxximina los barros. Con lo que traes no te alcanza.” Esas eran palabras de la señora gorda de la farmacia.
“Cárguelo a mi cuenta.” Decía el viejo que había ido a buscar algo para sus ojos. Había mirado directo todo el eclipse y le costaba ver.
Caminé con él de vuelta a casa en parte, porque me sentía obligado a cuidar que no lo atropellaran al cruzar la calle casi ciego.
“Me tomó veintidós años matarlo. ¿Sabes cuántas mañanas hay en veintidós años?
No es que no le diera. ¿Cómo no le iba a atinar al Sol? Claro que le daba, pero era fuerte. Durante todo este tiempo lo llené de balas y él soportó sus heridas.
Pero ni el Sol, ni yo somos tan fuertes.
“Oiga no se vaya a enojar, pero el Sol sigue brillando.”
“¿De verdad? Míralo bien.”
Y no sé, pero me pareció diferente. Ese era otro.
El viejo había construido un eclipse durante veintidós años. El que miraba yo, era el Sol de alguien más. Era nuevo.
Hoy, tanto calor me pone a pensar que a lo mejor lo que traigo encima, es una obsesión ajena. Algo capaz de hacerte sostener una escopeta también ajena. Curioso que todavía me acuerde del lugar donde la enterramos ese viejo y yo. Después de tantos años quién sabe si sirva. ¿Qué diría mi papá de mí si me viera ahorita?
“A tu edad yo ya tenía un trabajo, una familia y cuentas por pagar ¿A quién habrás salido?”
¿Qué pensaría de verme alzar el rifle? Apuntando, venadeando hacia el cielo por la mañana. A punto de iniciar mi propio eclipse. Qué calor hace.
Todavía hoy hay gente rezándole, al difunto y a su alma, les rezan para que descansen. Yo en cambio he rezado por el otro, porque a lo mejor todavía está vivo y rezarle ya no me da vergüenza.
Mi difunto hermano usaba un traje en su velorio, de esos que nunca quiso usar en vida. Es curioso cómo los pobres siempre tenemos para ponernos un traje al final. Es decir camisa blanca, corbata y saco. Al menos de la parte de arriba; porque de abajo traía sus dikies de pana y unos vans. Esa parte no se ve cuando uno está adentro del cajón, ¿para qué gastar en lo que no se ve?
En el velorio mis hermanas lloraron mucho; todavía ahora siguen llorando porque dice mi tía que el duelo hay que llevarlo para siempre. Aunque mi tía dice cada cosa, y hace cada otra que, bueno.
Ella peinó a mi hermano ya muerto, lo peinó como a los pendejos a los que mi hermano se la pasaba jodiendo, peinado de lado, con gomita que le dejó el pelo igual de tieso que el cuerpo.
Con traje y peinado así. Ya muerto uno tiene que verse como nunca quiso. Nomás de pensar que a mí también me vayan a poner Angel Face en la cara hace que me de coraje. Me imagino a la gente diciendo “ese muertito maquillado parece puta”, y es que hay gente mala y gente peor. De estos últimos era mi hermano.
Él quería que al morir, lo enterraran boca abajo. Al principio bromeaba con lo de la canción que dice “por si un día quieres salir te vayas más abajo”. Pero ya borracho me decía si lo enterraban boca abajo Dios lo iba a tener más en cuenta.
Yo le decía que la gente así como él no tiene mucho que ver con Dios, que mejor se preocupara por que el Diablo lo trataba de mejor modo. Y entonces él se enojaba.
- “¿De cuál gente como yo estás hablando atarantado?”
A veces creo que mi hermano no se daba cuenta de cómo era. Yo sí. A mí me tocaba subirlo al coche todo hecho un bulto borracho, disculparme con los taxistas y calmarlo cuando se alebrestaba. Yo sí me daba cuenta de cómo era, y no era bueno. Lo extraño, pero no a él. Extraño saber que tengo un hermano, y extraño la risa de mi mamá. Para ella su hijo era tan bueno como los mejores. Yo creo que a las mamás se les queda grabado el recuerdo de sus hijos niños para siempre, o quién sabe, porque mi hermano ya desde niño andaba haciendo dagas, de una escuela a otra y luego a la calle.
Lo que pasa es que mi mamá es una mamá cuervo, de esas que al buscar a su hijo preguntan a los demás animales por un pajarito blanco, bonito, de pico delicadito y alas grandes. Mamá cuervo.
A mi hermano lo mataron por andar en líos quién sabe de qué. Unos me dicen una cosa y otros me dicen otra, unos que por lacra, otros que por coco, otros que por loco. Los polis dijeron que lo mataron porque él había matado no sé a quién, que primero había matado a no sé quién más. A estas alturas nadie sabe. A lo mejor todo empezó por algo bien chiquito. Lo cierto es que tres tiros lo mataron.
Cuando le dije a mi tía cómo quería mi hermano su entierro me dijo que de ningún modo, y se enojó tanto que yo ya mejor ni le dije a mi mamá. No hay nadie que le cumpla a uno las cosas que quiere al morir pero la ventaja es que uno ya no se da cuenta.
“Será un entierro normal” dijo muy molesta mi tía, apretando su rosario, tanto que pensé que se le iba a desgranar ahí en las manos.
El entierro de mi hermano iba a ser normal, con mis hermanas llorando más que ahorita, con los rezos de mi tía más fuertes que los de nadie, como para que se notara quién era la que se sabía todos los evangelios, con un mariachi tocando canciones bien tristes para que la gente llore más. Nadie sabía como íbamos a pagar el mariachi. Creo que ni ellos, porque desde el principio se vio que ya se querían ir, nos vieron tan jodidos que sabían que no iba a haber ni cómo pagarles.
Iba a ser un entierro normal con mi mamá desmayándose una otra y otra vez. Yo con unas ganas de llorar que nomás no cuajaban, nomás no podía, sentía la pena pero no podía llorar.
Los amigos de mi hermano muy borrachos, jurando que los que mataron a mi hermano la iban a pagar, uno de ellos llegó con mi mamá en esos ratos en que no estaba desmayada y le dijo que quien hubiera matado a mi hermano se iba a morir, así como así.
Mi mamá le dio las gracias y luego lo abrazó y yo aquí queriendo llorar sin poder. Quería pegarle a ese pendejo, por tratar de quedar bien con mi familia cuando antes nomás andaba sonsacando a mi carnal y metiéndolo en puro problema. Y mi mamá diciendo: “gracias” ¡No vaya a ser! ¡No vaya a ser!
Pero bueno, el entierro de mi hermano iba a ser un entierro normal.
Hasta que llegaron ellos. Eran como quince, todos armados, haciendo a un lado a la gente a empujones, a gritos.
A punta de pistola uno le gritó a los enterradores que bajaran el cajón. Yo no sé si mi mamá ya estaba desmayada o si se desmayó con eso.
La gente callada al ver las pistolas, al ver que el que mató a mi hermano andaba entre ellos todo con cara de asustado. Había uno que era el que estaba al frente, él hizo que bajaran el cajón. Lo abrieron y medio sacaron a mi hermano, ahí fue cuando se vieron los “Dikies” de pana, le desabrocharon la camisa mientras que nadie hacía nada, nomás se oían gritos quién sabe de quienes, mentadas que no daban la cara.
El que estaba al frente les gritaba que se callaran o que si no mejor fueran por más cajones. Ahí fue donde volteé a ver al amigo de mi hermano, el que según eso iba a matar al matón.
Estaba callado y los veía, sí con rabia, sí con mucha rabia, pero sin hacer nada. Nos miramos los dos a los ojos y no pudo con los míos. Bajó la mirada y yo sé que fue de vergüenza, me doy con haber visto eso.
Les costaba trabajo quitarle la camisa al cuerpo ya todo tieso, así que lo sacaron del cajón. Ahí fue donde se vieron los vans. La camisa se la arrancaron como pudieron, y al darle la vuelta y ponerlo boca abajo la gente se quedó callada, fría.
Todos vieron la espalda de mi hermano, una espalda que ya no era la de él. Todos vieron los hoyos en la piel. Vieron el tatuaje de la Virgen en la espalda, cubriéndola casi toda. Ese día no vimos la espalda de mi hermano, vimos a la Santa Virgen baleada.
- “Que me entierren boca abajo, pa´ que desde el cielo Dios me tome más en cuenta.”
Todo se quedó silencio en el panteón, nomás a lo lejos unos perros. Silencio hasta que un sonido menor comenzó a crecer y se volvió sollozo, y luego era un llanto. Para cuando yo lo vi, la sensación ya era muy extraña.
El que mató a mi hermano lloraba, como niño con miedo, como un niño que tiró al baño el collar de su mamá, o bueno, con más miedo que eso.
Sentí pena y comencé a llorar yo también, y no por mi hermano. Me solté llorando por ese infeliz que tenía enfrente.
El que gritaba y daba ordenes se le acercó y lo miró con desprecio y le dijo que fuera hombre y se callara, pero el llanto empezó poco a poco en todos los que estabamos ahí, como si la pena fuera bostezo. El que daba ordenes abofeteó al que mató a mi hermano para que se calmara pero su llanto ya no se podía detener, decía llorando:
- “¡Sí era cierto, le disparé a la virgencita! ¡le disparé a la virgencita!”
Cuando se llora con miedo no se para así como así.
El que estaba al frente dio unas ordenes a los otros y le pagó al mariachi. Les dijo que ni se les ocurriera seguir tocando. Luego se fueron sin que nadie hiciera nada. Se fueron en silencio todos ellos menos el que mató a mi hermano, ese daba alaridos y gritaba que se iba a condenar, los demás lo llevaban casi a rastras.
Yo estaba llore y llore, odiándome. Me odié porque no podía llorar por mi hermano, en cambio acabé llorando por el que lo mató. No sé a bien porqué.
Luego alguien se quitó la camisa para que se la pusieran al difunto, la gente estaba callada. Apurado, el padre nomás dijo “Amén”. Mi tía dejó de rezar en voz alta, mi mamá ya no se volvió a desmayar.
Yo creo que todos ahí tratamos de acabar rápido con aquello, echar los puños de tierra y las flores, montar las coronas y salir pronto de ese panteón.
Es diferente enterrar a un hermano que a la Virgen, es horrible enterrar a los dos el mismo día en el mismo hoyo. Yo no he querido visitar su tumba, no tengo ganas.
A veces en casa hablamos de mi hermano pero de cuando era niño, hablar de todo lo que pasó después es bien incómodo.
Raúl Nazareno odiaba al entrenador de Tigres. De hecho, odiaba a toda la institución.
La Comisión de Arbitraje le había iniciado una investigación a partir del escándalo de la fecha seis. En palabras del técnico de Tigres:
- “Lo vi recibir dinero”
Era mentira. Nunca había aceptado dinero de nadie, pero en lo que la investigación se llevaba a cabo dejó de pitar. Y así pasaron las semanas, cada una de veinticinco mil pesos. Multiplicado por doce jornadas perdidas sumaban dinero suficiente para que su hija hubiera tenido la atención médica adecuada y no esa deficiencia que había costado tantas lágrimas en su familia.
Aunque desde hacía años ya no quería a su esposa, para él fue a raíz de aquel escándalo de la jornada seis que todo se había venido abajo con ella: el divorcio, entregar la mitad de su sueldo, perder la casa que construyó durante años, su nueva vida en ese departamentito triste al que su hija no quería ir de visita. El desprecio al oír la voz de la pequeña:
- “Dice mamá que por tu culpa voy a cojear toda mi vida”.
Luego la actitud de arrastrado ante sus superiores de la Comisión Arbitral, soportar que le “regalaran” la oportunidad de pitar de nuevo después de verlo llorar de impotencia.
- “Cálmate Raúl, ten dignidad.”
Esa se la habían quitado. Por la calentura de un comentario, por el respaldo de la directiva de Tigres al comentario de un loco.
Por eso en el juego de ida de la semifinal entre Tigres y Atlas, no dudó en señalar cualquier cosa pitable en contra del los norteños. Foul uno, foul dos, tres, doce, amarilla a Ortega “el arquitecto”, tiro libre, mano dentro del área. Y aún así, los imbéciles del Atlas tenían que fallar el penal al minuto treinta. Le costó no mostrar su coraje. “Ayúdenme a ayudarlos.”
Pero había más tiempo. Foul quince, amarilla, tiro libre, falla Atlas, contragolpe, goool de Tigres… que fue anulado por una de esas faltas que a veces no ven los árbitros, y al fin lo que esperaba: delantero que reclama. De esas reclamaciones que a veces no le importan a los árbitros. Pero esta vez sí. Expulsado. Luego otra amarilla más y Atlas que ni así podía. Y sobre el final del juego segunda amarilla para Ortega, el cerebro de Tigres. Porque esas cosas no se le dicen a un padre.
- “Tu hija es una lisiada.”
Después de leer el reporte, la comisión suspendería a Ortega seis juegos por sus palabras, que por cierto nunca dijo, un juego al otro defensa, y dos juegos al técnico loco de Tigres por el puñetazo que todos vieron en TV.
Las estadísticas dirían que Raúl Nazareno terminó el juego de ida con un empate, un gol anulado, tres tigres expulsados, un diente despostillado y una extraña hinchazón en el pecho.
En el segundo juego de esa semifinal las estadísticas mejoraron cuando un defensa de Atlas metió un gol en un rebote con la rodilla. Tigres no podía construir jugadas, no sin Ortega. Nazareno seguía jugando a pesar de estar a ochocientos kilómetros de distancia. Sentía ese airecito entrar por la rotura de su diente al sonreír, y esa creciente hinchazón en el pecho. Al pitar su colega la eliminación de Tigres, Raúl Nazareno entendió que eso en su pecho era la dignidad reocupando su sitio.
(Source: xlabanda.blogspot.com)
Te doy mi mano derecha y la cicatriz que la distingue de la izquierda. Te la doy para que encuentres la diferencia porque a veces hasta yo las veo iguales.
Tengo rato escribiendo y trato que mi lenguaje se asemeje a lo que oyen tus oídos todos los días pero nomás no me salen las frases. ¿ves? “asemeje” ¿sabes qué? nadie dice “asemeje”, conjugado es un verbo perdido, inútil, que vive en las historias, los cuentos y en las rimas de los poemas que aburren. Nada que ver con lo que busco. Quiero ver tus dientes.
Decido pensar que entre los rulos de tu cabello suelto y mis recuerdos hay muchos kilómetros, porque desde donde están las barras de cereal en el 7eleven te ves diferente a lo que conozco, muy diferente a todo lo que conozco. Pero de lejos, de lejos te pareces a un recuerdo y eso que aún no te cuento cosas.
De cerca te permites ser tú misma para mis ojos, que al final y sin que yo me diera cuenta lograron te hicieron un lugar entre sus cuencas.
De lejos te pareces a un recuerdo y por eso te adueñas de unos meses que no son de nadie, ni de mí que los viví una y otra vez. Así le vas ganando al mundo en su loca carrera por ser una maravilla enorme. También le ganas a todo el interés que genera la tele desde sus universos perfectos de 20 y 30 segundos.
Te doy mi mano derecha en parte, porque quiero que la izquierda aprenda al echarle monedas a las máquinas de refrescos, dulces.
Te la doy también, porque de las dos es la que más cosas ha sentido, con más experiencia que el corazón y sus clichés.
Porque mi mano derecha tiene un dedo que detiene autobuses y te enrutan hacia cualquier parte.
Otro dedo, el de en medio, se encarga de hacerle saber al mundo que no estás tan de acuerdo con como te dijeron que debían ser las cosas siempre.
Hay otro dedo que podría cargar un anillo si no estuviera tan conectado a un corazón tan rijoso, advertido y convencido de jamás dejarse convencer.
El otro es un dedo pequeño y casi inútil; casi, porque sirve para que muerdas su uña cuando te sientas inquieta por toda esa tendencia nerviosa que supone vivir entre 22 millones de sujetos que ya no recuerdan por qué están mordiendo esas 22 millones de uñas.
El pulgar es cosa aparte, sirve para que ser levantado triunfante cuando te pregunten “¿Oye estás bien?” Te lo confieso, el mundo se queda tranquilo al ver el pulgar levantado, no hace falta dar explicaciones, ni iniciar una charla de compromiso jamás.
He enseñado a esos cinco dedos a hacer lo bueno y lo malo. A construir destruyendo. Saben hablar por mí en lo mínimo y son capaces de distinguir lo rugoso de lo que es aún más rugoso. Son unos maestros recibiendo cambio y pidiendo cuentas en restaurantes, confabulan entre ellos para abrir puertas con o sin llaves. En fin, esos cinco dedos que me fueron tan útiles, ahora son tuyos. Puedo sugerirte que los vuelvas un cenicero kitsch para la mesa de tu sala, en tu casa. Haz lo que quieras con mi mano derecha.
Hoy trato que mejore lo que escribe la izquierda. Ésta maldita tacaña de la creación. Quiero que aprenda a escribir sólo lo necesario, quiero volverme un zurdo extraordinario.
Puedo inventar mil excusas para darte una mano, aunque al final sepa bien que te la doy porque, sólo teniendo tres manos se justifica este miedo al decir que te ves distinta a todo lo que conozco.
A mi espalda permanece quieto un monstruo, lo sé porque me respira frío en la nuca cuando le escucho halar aire. Exhalarlo, murmurar “te amo” con ese aliento frío.
Nunca he volteado. Tengo miedo de enamorarme de su rostro. Porque todos los monstruos son horribles, son más horribles que todas esas cosas que he hecho, sentido y dejado vivir dentro de mí.
Al caminar escucho sus pasos, pasos largos, por eso creo que es enorme. La sombra que proyecta se pierde a lo lejos, aún más lejos que la sombra mía. Su vida es eterna y tiene el poder de asustarme cuando duermo, cuando lo escucho moverse bajo mi cama.
Siempre he sabido que daña a la gente que me ama, siempre he entendido que me quiere sólo para él, únicamente así sabe quererme. Me cuida y me aísla, me guarda y me da todos mis fríos. Pero yo nunca he volteado a mirarle, nunca he dicho “yo también” al escucharlo recitar poemas a mi oído nulo.
Come lo que dejo en el plato. Bebe lo que sudo cuando mi rostro gotea el calor de mayo.
Yo a veces escribo de él, como ahora, mientras corrige mis ortografías, mientras me da ideas y pone palabras en mi cabeza.
Los demás me han dicho que escucho lo que quiero, que es tan real como deseo que sea. Pero yo no imagino nada, No puedo imaginar olores, ni necesito que me digan cosas bellas, o que cuiden mi vida aislándome. Tampoco necesito sentir el terror de pertenecer a algo. Sólo quiero estar solo, que nadie hable, que nadie me quiera, que a nadie le pesen mis silencios, que nadie llore cuando digo “no me importa”.
A veces me pesa poder hablar, poder dañar. En silencio no dañas, no dañas… dañas.
Y de pronto me siento solo. Y el monstruo a mi espalda, sé que ha leído esto, porque lee más rápido de lo que yo puedo escribir, pero no más rápido de lo que puedo dañar. Y ya no hay más aire frío en mi nuca, no hay ya sombra enorme postrada en la pared. Sólo está la pequeña, dura, sombra mía. Esa de mi cuerpo aislado.
Y a lo lejos escucho como se van perdiendo los sollozos de mi última amarga historia. De mi final reclamo en busca de soledad, de aislamiento.
Adiós monstruo mío, te amé desde el primer día. De verdad lo hice.
¿Pijama del Hombre Araña o de Batman? ¿Ir adelante en el auto o dormido atrás? ¿Ser astronauta o ser futbolista de Primera? ¿Salir a jugar o ver caricaturas? ¿dejarle el diente al ratón o guardarlo en un frasco? ¿Patines o bici en navidad?¿Fingir fiebre o ir a la escuela?¿Ganar una novia o perder al amigo que se enamoró primero de ella? ¿Darle un beso o tomarla de la mano? ¿Hacer la tarea o soportar el regaño? ¿Playboy o Penthouse? ¿Adidas o Nike? ¿Cine o circo? ¿Exprimir el grano o ponerle Clearasil? ¿Ir con tu novia o ir con los amigos? ¿Terminar con ella o seguir sin emoción hasta que ella te bote a ti? ¿Dejar la escuela o seguir en la escuela? ¿Trabajar durante el verano o flojear dos meses? ¿Devolver la cartera tirada o quedarte con el dinero? ¿Nokia o Motorola? ¿Administración de empresas o derecho? ¿Condón o matrimonio? ¿Vacaciones en la playa o en la montaña? ¿Ser administrador de empresas o tomarte en serio el fut? ¿Engañar a la novia o botar a la novia?¿Cigarros o sprints de treinta metros? ¿Pedir perdón a tu viejo o guardarte remordimientos? ¿Llorar en el funeral de papá o que se note que eres muy hombre? ¿Ir al psicólogo o ir al templo? ¿Mentarle la madre al taxista o pensar que sólo es uno más? ¿Volar o manejar nueve horas? ¿Pasta o pollo? ¿Irte de fiesta o entrenar duro mañana? ¿Alka-Seltzer o Sal de Uvas? ¿Ahora sí terminar la escuela o seguir hasta donde te lo permita ese ligamento cruzado? ¿Ser papá o abortar? ¿Gladiolas o lilas en la boda? ¿Saber el sexo del bebé o esperar la sorpresa? ¿Invitar a todo el equipo al bautizo o nomás al Profe y a tus tres cuates? ¿Quedarte en el club o ir a un draft? ¿Ver el futbol o ser visto? ¿Poner una fonda o poner a plazo fijo el bono que te dieron por clasificar? ¿Pañales o Playstation? ¿Entrenar más duro o seguir en la banca? ¿Salir de fiesta o cambiar pañales? ¿La güera o la pelirroja? ¿Decir que eres casado o que eres futbolista de Primera? ¿Esconder el anillo en el bolsillo izquierdo o el derecho? ¿Habitación con jacuzzi o sencilla? ¿Divorciarte o mentir? ¿Comprarle a tu hijo una pijama del Hombre Araña o de Batman? ¿Entrenar duro o rezar para que un titular se lesione? ¿Dejarte caer o dejar atrás al central? ¿Pedir tirarlo o cagarte de miedo como siempre? ¿Lado derecho o lado izquierdo?
Había una pelota quieta, esperando a Estrada sobre el manchón penal.